Sánchez: Una ambición de manual

Sánchez: Una ambición de manual

Es difícil resumir estos siete meses de Gobierno del señor Pedro Sánchez, pero si hay una palabra que la define a la perfección es, sin duda, ésta: la ambición.

Todo empezó un 2 de Junio del pasado año, cuando Pedro Sánchez prometió el cargo ante el Rey, tras una moción de censura al gabinete de Rajoy, para la que precisó aliarse con los comunistas de Podemos, los independentistas de ERC y PDeCAT, y los proetarras de BILDU. Según él, y repetido hasta la saciedad, era una “moción instrumental”, que no buscaba perpetuarse en el poder, sino convocar elecciones “cuanto antes”. Ésto podía tener sentido, puesto que el Secretario de Organización del PSOE y todavía Ministro de Fomento, José Luis Ábalos, dijo que con los independentistas no se iba a ir “ni a a la vuelta de la esquina”. Pero no fue así: Sánchez cambió de opinión desde el mismo momento en que él y su familia pisaron la moqueta de Moncloa. ¿O quizás fue su intención des del primer momento?

Tras el nombramiento del nuevo Gobierno, empezó el baile de dimisiones: la primera fue la del ex ministro de Cultura, Máxim Huerta, cuando se supo que había sido condenado por defraudar a Hacienda, algo que no consentía el Código Ético de Pedro Sánchez; y más tarde fue la de la ex ministra de Sanidad, Carmen Montón, por presuntas irregularidades en la obtención de un Máster. Podían haber sido más: Borrel, por vender unas acciones de Abengoa, conocedor, por el puesto que ocupaba en el Consejo de Administración de esta empresa, de que esas acciones iban a perder valor; o Dolores Delgado, que en unos audios del Comisario Villarejo, se podía escuchar cómo pretendía usar la orientación sexual de su compañero Grande-Marlaska, para menoscabar sus aspiraciones en la carrera judicial. Pero Sánchez no se podía permitir más dimisiones, no podía permitir que a la debilidad parlamentaria se le sumase también la debilidad ejecutiva, aunque eso le restara credibilidad ante la opinión pública.

La Presidencia de Pedro Sánchez al frente del ejecutivo español será recordada como, a parte de la más breve, como la más inoperante e incompetente de la historia constitucional de nuestro país. No se supo negociar la situación de Gibraltar tras el Brexit, dejando así a España a los pies de los caballos en la Unión Europea ante el Reino Unido, en lo que ha sido una reivindicación histórica de la soberanía española sobre esta colonia. No se puso al frente del reconocimiento de Juan Guaidó como Presidente Encargado de Venezuela, dejando la iniciativa a países como Estados Unidos, Canadá o Colombia en la defensa de los derechos humanos en este país, destrozado por las manos del socialismo más extremo, cuna y espejo donde se mira Podemos y donde Zapatero sigue en nómina. Y lo más importante, ha intentado negociar de forma bilateral (como si de un país extranjero se tratara) con el Presidente de la Generalitat, Quim Torra (ya sabéis, el “Le Pen español” como decía nuestro Presidente antes de serlo), un documento de 21 puntos donde, “per mediatoris”, se ponía en cuestión la imparcialidad de la Justicia o la legitimidad de la Jefatura del Estado, inaceptable para un Presidente del Gobierno de España, lo que tuvo una gran contestación popular el pasado 10 de Febrero en las calles españolas.

Medidas populistas, como la subida del Salario Mínimo Interprofesional, de 735 (pactado entre Rajoy y los agentes sociales) a 900 euros (de forma unilateral, con el apoyo de Podemos y despreocupándose del impacto negativo que esta decisión podría tener sobre la contratación laboral) o la “muy urgente” exhumación de los restos del Dictador del Valle de los Caídos (que todavía no se ha producido y va camino de no producirse) han marcado la tónica de un Gobierno, cuya única preocupación era utilizar La Moncloa como escaparate electoral.

El derribo parlamentario de los Presupuestos Generales del Estado para 2019 (unos presupuestos cuestionados por la práctica totalidad de los expertos económicos, el Banco de España y la Comisión Europea) son la puntilla a un Gobierno desbordado y desnortado, sin apoyos, cuestionado internamente por los barones regionales (Lambán, Vara, Paje…) e históricos socialistas (González, Guerra…). La única salida digna a esta situación de infarto que vive la política española ha sido que Pedro Sánchez le haya hecho caso, por fin, al Pedro Sánchez de antes de la moción de censura, y se haya decidido a convocar elecciones generales para el próximo 28 de Abril.

Así que, señor todavía Presidente, vaya haciendo las maletas. Nuestro país merece un líder con un poco menos de ambición personal y un poco más de dedicación hacia sus ciudadanos. Y usted no cumple con esos preceptos.

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